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Buenas y malas razones para creer
Querida Juliet:
Ahora que has cumplido 10 años, quiero escribirte acerca de una cosa que para mi es muy importante. ¿Alguna vez te has preguntado cómo sabemos las cosas que sabemos? ¿Cómo sabemos, por ejemplo, que las estrellas que parecen pequeños alfilerazos en el cielo, son en realidad gigantescas bolas de fuego como el Sol, pero que están muy lejanas? ¿Y cómo sabemos que la Tierra es una bola más pequeña, que gira alrededor de esas estrellas, el Sol?
La respuesta a esas preguntas es “por la evidencia”. A veces, “evidencia” significa literalmente ver (u oír, palpar, oler) que una cosa es cierta. Los astronautas se han alejado de la Tierra lo suficiente como para ver con sus propios ojos que es redonda. Otras veces, nuestros ojos necesitan ayuda. El “lucero del alba” parece un brillante centelleo en el cielo, pero con un telescopio podemos ver que se trata de una hermosa esfera: el planeta que llamamos Venus. Lo que aprendemos viéndolo directamente (u oyéndolo, palpándolo, etc.) se llama “observación”.
Muchas veces, la evidencia no sólo es pura observación, pero siempre se basa en la observación. Cuando se ha cometido un asesinato, es corriente que nadie lo haya observado (excepto el asesino y la persona asesinada). Pero los investigadores pueden reunir otras muchas observaciones, que en un conjunto señalen a un sospechoso concreto. Si las huellas dactilares de una persona coinciden con las encontradas en el puñal, eso demuestra que dicha persona lo tocó. No demuestra que cometiera el asesinato, pero además pueda ayudar a demostrarlo si existen otras muchas evidencias que apunten a la misma persona. A veces, un detective se pone a pensar en un montón de observaciones y d repente se da cuenta que todas encajan en su sitio y cobran sentido si suponemos que fue Fulano el que cometió el asesinato.
Los científicos -especialistas en descubrir lo que es cierto en el mundo y el Universo- trabajan muchas veces como detectives. Hacen una suposición (ellos la llaman hipótesis) de lo que podría ser cierto. Y a continuación se dicen: si esto fuera verdaderamente así, deberíamos observar tal y cual cosa. A esto se llama predicción. Por ejemplo si el mundo fuera verdaderamente redondo, podríamos predecir que un viajero que avance siempre en la misma dirección acabará por llegar a mismo punto del que partió. Cuando el médico dice que tienes sarampión, no es que te haya mirado y haya visto el sarampión. Su primera mirada le proporciona una hipótesis: podrías tener sarampión. Entonces, va y se dice: “Si de verdad tiene el sarampión, debería ver….” y empieza a repasar toda su lista de predicciones, comprobándolas con los ojos (¿tienes manchas?), con las manos (¿tienes caliente la frente?) y con los oídos (¿te suena el pecho como suena cuando se tiene el sarampión?). Sólo entonces se decide a declarar “Diagnóstico que la niña tiene sarampión”. A veces, los médicos necesitan realizar otras pruebas, como análisis de sangre o rayos x, para complementar las observaciones hechas con sus ojos, manos y oídos.
La manera en que los científicos utilizan la evidencia para aprender cosas del mundo es tan ingeniosa y complicada que no te la puedo explicar en una carta tan breve. Pero dejemos por ahora la evidencia, que es una buena razón para creer algo, porque quiero advertirte e contra de tres malas razones para creer cualquier cosa: se llaman “tradición”, “autoridad” y “revelación”.
Empecemos por la tradición. Hace unos meses estuve en televisión, charlando con unos 50 niños. Estos niños invitados habían sido educados en diferentes religiones: había cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, sijs…El presentador iba con el micrófono de niño en niño, preguntándoles lo que creían. Lo que los niños decían demuestra exactamente lo que yo entiendo por “tradición”. Sus creencias no tenían nada que ver con la evidencia. Se limitaban a repetir las creencias de sus padres y de sus abuelos, que tampoco estaban basadas en ninguna evidencia. Decían cosas como “los hindúes creemos tal y cual cosa”, “los musulmanes creemos esto y lo otro”, “los cristianos creemos otra cosa diferente”.
Como es lógico, dado que cada uno creía cosas diferentes, era imposible que todos tuvieran razón. Por lo visto, al hombre del micrófono esto le parecía muy bien, y ni siquiera los animó a discutir sus diferencias. Pero no es esto lo que me interesa de momento. Lo que quiero es preguntar de dónde habían salido sus creencias. Habían salido de la tradición. La tradición es la trasmisión de creencias de los abuelos a los padres, de los padres a los hijos, y así sucesivamente. O mediante libros que se siguen leyendo durante siglos. Muchas veces, las creencias tradicionales se originan casi de la nada: es posible que alguien las inventara en algún momento, como tuvo que ocurrir con las ideas de Thor y Zeus; pero cuando se han transmitido durante unos cuantos siglos, el hecho mismo de que sean muy antiguas las convierte en especiales. La gente cree ciertas cosas sólo porque mucha gente ha creído lo mismo durante siglos. Eso es la tradición.
El problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que sean.
En Inglaterra, gran parte de la población ha sido bautizada en la Iglesia Anglicana, que no es más que una de las muchas ramas de la religión cristiana. Existen otras ramas, como la ortodoxa rusa, la católica romana y la metodista. Cada una cree cosas diferentes. La religión judía y la musulmana son un poco más diferentes, y también existen varias clases distintas de judíos y de musulmanes. La gente que cree una cosa está dispuesta a hacer la guerra contra los que creen cosas ligeramente distintas, de manera que se podrá pensar que tienen muy buenas razones -evidencias- para creer lo que creen. Pero lo cierto es que sus diferentes creencias se deben únicamente a diferentes tradiciones.
Vamos a hablar de una tradición concreta. Los católicos creen que María, la madre de Jesús, era tan especial que no murió, sino que fue elevada al cielo con su cuerpo físico. Otras tradiciones cristianas discrepan, diciendo que María murió como cualquier otra persona. Estas otras religiones no hablan mucho de María, ni la llaman “Reina del cielo”, como hacen los católicos. La tradición que afirma que el cuerpo de María fue elevado al cielo no es muy antigua. La Biblia no dice nada de cómo o cuándo murió; de hecho, a la pobre mujer apenas se la menciona en la Biblia. Lo de que su cuerpo fue elevado a los cielos no se inventó hasta unos seis siglos después de Cristo. Al principio, no era más que un cuento inventado, como Blancanieves o cualquier otro. Pero con el paso de los siglos se fue convirtiendo en una tradición y la gente empezó a tomársela en serio, sólo porque la historia se había ido transmitiendo a lo largo de muchas generaciones. Cuanto más antigua es una tradición, más en serió se la toma la gente. Y por fin, en tiempos muy recientes, se declaró que era una creencia oficial de la Iglesia Católica: esto ocurrió en 1950, cuando yo tenía la edad que tienes tú ahora. Pero la historia no era más verídica en 1950 que cuando se inventó por primera vez, seiscientos años después de la muerte de María.
Al final de esta carta volveré a hablar de la tradición, para considerarla de una manera diferente. Pero antes tengo que hablarte de la otras dos malas razones para creer una cosa: la autoridad y la revelación.
La autoridad, como razón para creer algo, significa que hay que creer en ello porque alguien importante te dice que lo creas. En la Iglesia Católica, por ejemplo, la persona más importante es el Papa, y la gente cree que tiene que tener razón sólo porque es el Papa. En una de las ramas de la religión musulmana, las personas más importantes son unos ancianos barbudos llamados ayatolás. En nuestro país hay muchos musulmanes dispuestos a cometer asesinatos sólo porque los ayatolás de un país lejano les dicen que lo hagan.
Cuando te decía que en 1950 se dijo por fin a los católicos que tenían que creer en la asunción a los cielos del cuerpo de María, lo que quería decir es que en 1950 el Papa les dijo que tenían que creer en ello. Con eso bastaba. ¡El Papa decía que era verdad, luego tenía que ser verdad! Ahora bien, lo más probable es que, de todo lo que dijo el Papa a lo largo de su vida, algunas cosas fueron ciertas y otras no fueron ciertas. No existe ninguna razón válida para creer que todo lo que diga sólo porque es el Papa, del mismo modo que no tienes porque creer todo lo que te diga cualquier otra persona. El Papa actual ha ordenado a sus seguidores que no limiten el número de sus hijos. Si la gente sigue su autoridad tan ciegamente como a él le gustaría, el resultado sería terrible: hambre, enfermedades y guerras provocadas por la sobrepoblación.
Por supuesto, también en la ciencia ocurre a veces que no hemos visto personalmente la evidencia, y tenemos que aceptar la palabra de alguien. Por ejemplo, yo no he visto con mis propios ojos ninguna prueba de que la luz avance a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, sin embargo, creo en los libros que me dicen la velocidad de la luz. Esto podría parecer “autoridad” pero en realidad es mucho mejor que la autoridad, porque la gente que escribió esos libros sí que había observado la evidencia, y cualquiera puede comprobar dicha evidencia siempre que lo desee. Esto resulta muy reconfortante. Pero ni siquiera los sacerdotes se atreven a decir que exista alguna evidencia de su historia acerca de la subida a los cielos del cuerpo de María.
La tercera mala razón para creer en las cosas se llama “revelación”. Si en 1950 le hubieras podido preguntar al Papa cómo sabía que el cuerpo de María había ascendido al cielo, lo más probable es que te hubiera respondido que “se le había revelado”. Lo que hizo fue encerrarse en su habitación y rezar pidiendo orientación. Había pensado y pensado, siempre solo, y cada vez se sentía más convencido. Cuando las personas religiosas tienen la sensación interior de que una cosa es cierta, aunque no exista ninguna evidencia de que sea así, llaman a esa sensación “revelación”. No sólo los Papas aseguran tener revelaciones. Las tienen montones de personas de todas las religiones, y es una de las principales razones por las que creen las cosas que creen. Pero ¿es una buena razón?
Supón que te digo que tu perro ha muerto. Te pondrías muy triste y probablemente me preguntarías: “¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo ha sucedido?” y supón que yo te respondo: “En realidad no sé que Pepe ha muerto. No tengo ninguna evidencia. Pero siento en mi interior la curiosa sensación de que ha muerto”. Te enfadarías conmigo por haberte asustado, porque sabes que una “sensación” interior no es razón suficiente para creer que un lebrel ha muerto. Hacen falta pruebas. Todos tenemos sensaciones interiores de vez en cuando, y a veces resulta que son acertadas y otras veces no lo son. Está claro que dos personas distintas pueden tener sensaciones contrarias, de modo que ¿cómo vamos a decidir cuál de las dos acierta? La única manera de asegurarse que un perro está muerto es verlo muerto, oír que su corazón se ha parado, o que nos lo cuente alguien que haya visto u oído alguna evidencia real de que ha muerto.
A veces, la gente dice que hay que creer en las sensaciones internas, porque si no, nunca podrás confiar en cosas como “mi mujer me ama”. Pero éste es un mal argumento. Puedes encontrar abundantes pruebas de que alguien te ama. Si estás con alguien que te quiere, durante todo el día estarás viendo y oyendo pequeños fragmentos de evidencia, que se van sumando. No se trata de una pura sensación interior, como la que los sacerdotes llaman revelación. Hay datos exteriores que confirman la sensación interior: miradas en los ojos, entonaciones cariñosas en la voz, pequeños favores y amabilidades; todo eso es autentica evidencia.
A veces, una persona siente una fuerte sensación interior de que alguien la ama sin basarse en ninguna evidencia, y en estos casos lo más probable es que esté completamente equivocada. Existen personas con una firme convicción interior de que una famosa estrella de cine las ama, aunque en realidad la estrellan siquiera las conoce. Esta clase de personas tienen la mente enferma. Las sensaciones interiores tienen que estar respaldadas por evidencias; si no, no podemos fiarnos de ellas.
Las intuiciones resultan muy útiles en la ciencia, pero sólo para darte ideas que luego hay que poner a prueba buscando evidencias. Un científico puede tener una “corazonada” acerca de una idea que, de momento, sólo “le parece” acertada. En sí misma, ésta no es una buena razón para creer nada; pero sí que puede razón suficiente para dedicar algún tiempo a realizar un experimento concreto o buscar pruebas de una manera concreta. Los científicos utilizan constantemente sus sensaciones interiores para sacar ideas; pero estas ideas no valen nada si no se apoyan con evidencias.
Te prometí que volveríamos a lo de la tradición, para considerarla de una manera distinta. Me gustaría intentar explicar por qué la tradición es importante para nosotros. Todos los animales están construidos (por el proceso que llamamos evolución) para sobrevivir en el lugar donde su especie vive habitualmente. Los leones están equipados para sobrevivir en las llanuras de África. Los cangrejos de río están construidos para sobrevivir en agua salada. También las personas somos animales, y estamos construidos para sobrevivir en un mundo lleno de… otras personas. La mayoría de nosotros no tienen que cazar su propia comida, como los leones y los bogavantes; se las compramos a otras personas, que a su vez se la compraron a otras. Nadamos en un “mar de gente”. Lo mismo que el pez necesita branquias para sobrevivir en el agua, la gente necesita cerebros para poder tratar con otra gente. El mar de está lleno de agua salada, pero el mar de gente está lleno de cosas difíciles de aprender. Como el idioma.
Tú hablas inglés, pero tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de vosotras habla el idioma que le permite hablar en su “mar de gente”. El idioma se transmite por tradición. No existe otra manera. En Inglaterra, tu perro Pepe es a dog. En Alemania, es ein Hund. Ninguna de estas palabras es más correcta o más verdadera que la otra. Las dos se transmiten de manera muy simple. Para poder nadar bien en su propio “mar de gente”, los niños tienen que aprender el idioma de su país y otras muchas cosas acerca de su pueblo; y esto significa que tienen que absorber, como si fuera papel secante, una enorme cantidad de información tradicional (Recuerda que “información tradicional” significa, simplemente, cosas que se transmiten de abuelos a padres y de padres a hijos.) El cerebro del niño tiene que absorber toda esta información tradicional, y no se puede esperar que el niño seleccione la información buena y útil, como las palabras del idioma, descartando la información falsa o estúpida, como creer en brujas, en diablos y en vírgenes inmortales.
Es una pena, pero no se puede evitar que las cosas sean así. Como los niños tienen que absorber tanta información tradicional, es probable que tiendan a creer todo lo que los adultos les dicen, sea cierto o falso, tengan razón o no. Muchas cosas que los adultos les dicen son ciertas y se basan en evidencias, o, por lo menos en el sentido común. Pero si les dicen algo que sea falso, estúpido o incluso maligno, ¿cómo pueden evitar que el niño se lo crea también? ¿Y que harán esos niños cuando lleguen a adultos? Pues seguro que contárselo a los niños de la siguiente generación. Y así, en cuanto la gente ha empezado a creerse una cosa -aunque sea completamente falsa y nunca existan razones para creérsela-, se puede seguir creyendo para siempre.
¿Podría ser esto lo que ha ocurrido con las religiones? Creer en uno o varios dioses, en el cielo, en la inmortalidad de María, en que Jesús no tuvo un padre humano, en que las oraciones son atendidas, en que el vino se transforma en sangre…, ninguna de estas creencias está respaldada por pruebas auténticas. Sin embargo, millones de personas las creen, posiblemente porque se les dijo que las creyeran cuando todavía eran suficientemente pequeñas como para creerse cualquier cosa.
Otros millones de personas creen en cosas diferentes, porque se les dijo que creyesen en ellas cuando eran niños. A los niños musulmanes se les dice cosas diferentes de las que se les dicen a los niños cristianos, y ambos grupos crecen absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros se equivocan. Incluso entre los cristianos, los católicos creen cosas diferentes de las que creen los anglicanos, los episcopalianos, los shakers, los cuáqueros, los mormones o los holly rollers, y todos están absolutamente convencidos de que ellos tienen razón y los otros están equivocados. Creen cosas diferentes exactamente por las mismas razones por las que tú hablas inglés y tu amiga Ann-Kathrin habla alemán. Cada una de los dos idiomas es el idioma correcto en su país. Pero de las religiones no se puede decir que cada una de ellas sea la correcta en su propio país, porque cada religión afirma cosas diferentes y contradice a las demás. María no puede estar viva en la católica Irlanda del Sur y muerta en la protestante Irlanda del Norte.
¿Qué se puede hacer con todo esto? A ti no te va a resultar fácil hacer nada, porque sólo tienes 10 años. Pero podrías probar una cosa: la próxima vez que alguien te diga algo que parezca importante piensa para tus adentros: “¿Es ésta una de esas cosas que la gente suele creer basándose en evidencias? ¿O es una de esas cosas que la gente cree por la tradición, autoridad o revelación?” Y la próxima vez que alguien te diga que una cosa es verdad, prueba a preguntarle “¿Qué pruebas existen de ello?” Y si no pueden darte una respuesta, espero que te lo pienses muy bien antes de creer una sola palabra de lo que te digan.
Te quiere,
Papá.
La delicadeza de Darwin
«Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –equivocadamente o no–, que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente; es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos. Es por ello que siempre me he fijado como objetivo evitar escribir sobre la religión limitándome a la ciencia».
Charles Darwin
Por: Eduard Punset*
Según algunos científicos, hemos sido demasiado tolerantes con las creencias religiosas. Deberíamos haber elevado el tono de nuestras protestas ante los desmanes derivados de la fe mal entendida.
Sin salirse del bando agnóstico caben otras posturas, si se quiere, menos militantes y no menos eficaces. Paradójicamente, ésa era la concepción del propio Darwin, expuesta en una de sus cartas que descubrí en Londres hace apenas unos días. Es asombrosa esa mezcla de defensa radical de la libertad de pensamiento y tolerancia. Dice Charles Darwin en su carta: «Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –equivocadamente o no–, que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente; es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos. Es por ello que siempre me he fijado como objetivo evitar escribir sobre la religión limitándome a la ciencia».
Es fascinante constatar hasta qué punto Darwin tuvo excelso cuidado en mantener el rigor de sus planteamientos científicos sin herir a los que no los compartían. En este sentido –y a nivel anecdótico–, no me digan que no era enternecedora la actitud de Emma, la esposa de Darwin, profundamente religiosa, cuando repetía a sus amigos que el mayor de sus pesares era «saber que Charles no podría acompañarla en la otra vida» por culpa de su agnosticismo. Lo que la apesadumbraba a ella era que el Dios todopoderoso no quisiera conciliar el buen carácter con el agnosticismo de su marido. Y lo que a él lo apenaba, con toda probabilidad, era que muchos confundieran la libertad de pensamiento que él predicaba recurriendo a la ciencia con ataques gratuitos a los que no compartían esa convicción.
No cabe duda de que la relación entre la gente que profesa una religión y los agnósticos está cambiando. ¿En qué sentido? En primer lugar, la irrupción de la ciencia en la cultura popular permite descartar convicciones que parecían antes intocables: hasta Darwin, gran parte de la comunidad científica, y desde luego toda la religiosa, estaba convencida de que la vida del universo había empezado hacía cinco mil años, en lugar de los trece mil millones que, ahora se sabe, transcurrieron desde la explosión del big bang hasta nuestros días; dando amplio tiempo con ello para que la selección natural fuera modulando la evolución de las distintas especies.
En segundo lugar, los continuados agravios e injusticias que siguen sufriendo –a raíz del machismo y maltrato de género, en particular– los colectivos partidarios de impulsar la modernidad en sus propias culturas suscitan solidaridades mucho más profundas y extensas que en el pasado. Yo he visto con mis propios ojos en plena Quinta Avenida de Nueva York, pocos días después del ataque terrorista a las Torres, una pancarta que rezaba «In God we trust» («En Dios confiamos»), mientras en la acera opuesta alguien, enardecido, le gritaba al portaestandarte: «Falk’ you!» («¡Que te den!»).
No es difícil predecir que pronto volveremos a estar inmersos en un debate en torno a la religión, no necesariamente más virulento que antes, pero sí más extendido socialmente y algo más fundamentado. A la ciencia y a los científicos les va a resultar más difícil que en tiempos de Darwin mantener silencio en ese debate, entre otras mil cosas, porque ahora faltan sólo ‘cuatro días’ para que se pueda fabricar vida sintética –bacterias, concretamente– en el laboratorio. La ciencia, en eso Darwin tenía razón, es el mejor estímulo para la libertad de pensamiento. Siempre y cuando sepamos conciliar como él los planteamientos rigurosos con modales atinados.
Fuente: www.eduardpunset.es/blog/
*Abogado, economista y comunicador científico. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid y máster en Ciencias Económicas por la Universidad de Londres. Ha sido redactor económico de la BBC, director económico de la edición para América Latina del semanario The Economist y economista del Fondo Monetario Internacional en los Estados Unidos y en Haití.
¿Los monseñores son inevitables?
Por: Manuel Guzmán Hennessey*
Darwin versus Adán y Eva: Bogotá 2009
Poco afortunada la invitación de un monseñor a debatir sobre Darwin. Ocurrió en el Simposio Darwin vive, porque la evolución no termina, celebrado entre el 26 y el 28 de agosto en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En cambio hay que aplaudir la presencia del genetista Emilio Yunis y del doctor Rodolfo Llinás, calificados, cual los que más, para rendir homenaje al naturalista inglés nacido en 1809.
Otros científicos colombianos y extranjeros dieron lustre al encuentro, que había empezado con cierta mezcla ácida, que en virtud del monseñor, se nos dio como pócima de refrigerio: la de Darwin con Pío XII, la de Stephen Jay Gould con Juan XXIII, la de Santo Tomás de Aquino con los señores Watson y Crick.
Y como si lo anterior fuera poco, nos ofrecieron de postre el revoltijo del Origen de las Especies con la Biblia.
Nos habían invitado a un simposio de las más altas calidades científicas, y a eso fuimos, como que había en la nómina catorce PH. D., dos M. Sc. y un M.D. Un lujo para cualquier universidad de América Latina.
Lo que ignorábamos era que uno de los PH. D., que además es R. P, el padre Alfonso Rincón, debajo de cuyo nombre en el programa decía, entre otras, “Arquidiósecis de Bogotá“, se nos viniera, en tiempo suplementario, con una especie de homilía sustentada, y con tantos pies de páginas, que tuvo que utilizar el tiempo de las preguntas para acabar de citar a los que no alcanzó a nombrar, pues hubo necesidad de decirle que se había pasado, poco más de media hora, del tiempo pactado.
Locuaz, extenso y sinuoso. Vi mover la cabeza a una señora de la segunda fila, y también al doctor Yunis, que algo le dijo al doctor Llinás. El conferencista se dio cuenta de la negación gestual de Yunis y lo narró al público, sin percatarse, quizás, de que lo que tenía que decir ya lo había dicho, y no se necesitaban más citas para reforzar su argumentación. Uno de mis vecinos alcanzó a protestar, me llegaban los rumores de las filas de atrás.
El título de su charla era “Creación y evolución: diversas lecturas del problema” (¿A cuál problema se referiría?).
Una de las principales “lecturas del problema” es el diseño inteligente, según el cual la vida no es el resultado de la evolución de la materia, sino de una acción racional ejecutada por un diseñador inteligente dotado de facultades divinas. Es la versión moderna del creacionismo, idea según la cual dios hizo al hombre a partir de una mezcla de barro y soplo divino.
El padre Rincón no asumió la defensa de esa tesis -tal vez pensó que en el escenario donde se encontraba esto sería meterse en camisa de once varas – pero siguió midiendo al público, conformado en buena medida por estudiantes, con una curiosa mezcla de sonrisitas al final de las frases, a partir de las cuales, a mi modo de ver, establecería el alcance de sus lances.
Cuando se metió con el Génesis y nos contó la historia de la arcilla, y el mito de Adán y Eva, y la bonita historia de la Biblia, “un libro escrito por muchas personas, durante mucho tiempo“, según dijo, yo tuve la sensación de que había llegado el fin. Pero no, estábamos apenas en el tercio de banderillas.
Y al final se decidió por el agua tibia de un creacionismo moderado, cual es la posición mayoritaria de su iglesia, que promueve la idea de que no hay contradicción entre la magia del creacionismo y la teoría científica de la evolución biológica.
De ideas y creencias: el papel de la universidad
Me enteré el otro día que Benedicto XVI anda también en esas, postulando que dado que las ciencias naturales en general -y la teoría de la evolución en particular- no pueden ofrecer una explicación completa sobre el origen de la vida, bien puede optarse por una especie de transacción entre el creacionismo y algunos aspectos de la teoría evolutiva, el gradualismo que le concede verdad a la evolución geológica, por ejemplo, pero eso sí, conservando la idea central, según la cual la vida humana no es el resultado de la química y la física sino de un poder sobrenatural que la puso sobre el Universo, con un propósito.
Lo del propósito es básico, porque nos remite a la noción de un predestino para cada uno de nosotros, y nos aparta, según los religiosos, de la “peligrosa idea” de que la vida es el resultado azaroso de una combinación molecular, que algunas veces produce organismos fuertes, y otras menos fuertes, que se mueren o les toca luchar más por sobrevivir.
Así fue en el origen y así es en el presente: la vida como resultado del azar, y sin propósito ni intencionalidad alguna. Las cosas en la biología no tienen moralidad, simplemente son como son y nada más. Las células se producen y se mueren, y después de la muerte no hay nada, como nada hubo antes de la vida. Eso se encargó de subrayarlo el doctor Llinás en el mismo simposio en el que el Padre Rincón nos habló de Adán y Eva y el paraíso terrenal.
Todo el derecho le asiste a quien quiera creer que somos ángeles caídos, y no antropoides erguidos como escribió Ralph Linton. De hecho muchos de los habitantes de este país creen que ellos pueden hablar con ángeles, según lo demostró una reciente encuesta. Y no hace mucho tiempo, la señora que hoy ocupa el Ministerio de Comunicaciones dijo cuando ocupaba la dirección de Colciencias, que el modelo según el cual este país debía llevar a cabo la investigación científica, debía ser el modelo de la Biblia.
Y no voy a citar las dependencias de gobierno que, en los tiempos que corren, tienen crucifijos en el lugar de los cuadros, pues esta columna que iba para la universidad, acabaría fácilmente en una hoguera de la Santa Inquisición. Todo el derecho le asiste, insisto, a cualquiera, de pensar como mejor le parezca. Tan respetable puede ser la creencia de quienes piensan que uno puede reencarnar en un perro, como la de quienes creen que cuando uno se muere se acabó la milonga.
Pero la universidad no debería confundir su magisterio cuando asume su papel de comunicar la ciencia a los jóvenes. Ellos no tienen, aún, los elementos para discernir entre ciencia y pseudociencia, de manera que si les damos ambas cosas en el mismo paquete, muy probablemente confundirán una cosa con la otra.
Una encuesta de Gallup en 1999 encontró que el 87% de los norteamericanos cree que la vida no es el resultado del azar, y que la evolución fue estructurada por una voluntad superior.
La universidad tiene todo el derecho de realizar foros sobre mitos y leyendas, pues eso forma parte de la cultura, pero en tal caso, debería decir a los estudiantes que es un foro sobre mitos y leyendas, para que ellos sepan a qué atenerse. Otra universidad local ofrece diplomados sobre historia de las religiones, lo cual es un aporte cultural indiscutible. Pero meterle a uno, en la mitad de una conferencia del doctor Llinás y otra de Emilio Yunis, el camuflado sándwich del creacionismo parece, por lo menos, fuera de lugar.
Habría podido usar otra palabra, y con ella reflejaría, quizás con mayor fidelidad, el descontento de cierta fracción del público que alcancé a consultar. Y que sintió que le estaban metiendo lo que se dice un gol. ¿Quién? ¿Por qué? Nadie me supo dar una explicación. Pues poco se entiende que ese gol se meta en una universidad dirigida por un hombre de ciencia, el rector José Fernando Isaza. Por lo cual yo prefiero creer que se trató de autogol, es decir, una equivocación de buena fe.
Las jerarquías católicas del pasado no necesitaban meter ese tipo de goles, pues tenían tanta injerencia sobre la educación, que se consideraba casi de rigor preguntarles de antemano sobre ciertos temas. Tampoco la jerarquía católica actual, y me refiero especialmente a la Compañía de Jesús, de la cual hace parte el conferencista doctorado, suele dar muestras de anticiencia en nuestro medio. Todo lo contrario: los jesuitas de hoy, y no ocurre sólo en Colombia, están jugando el papel ético, político y científico que la sociedad podía esperar de ellos. Las universidades católicas de Colombia, en sus departamentos de biología, no enseñan el diseño inteligente, ni siquiera como una posibilidad o “lectura” de la evolución. Cuando escribo universidades me refiero a las serias, pues no oculto que otras, y no necesariamente católicas, pero sí, “no serias“, enseñan pseudociencias peores.
De manera que más extraño aún les ha resultado a muchos la pifia de la Tadeo, el revoltijo del simposio darwiniano. Un debate sobre el creacionismo, la Biblia, la vigencia histórica de la Suma Teológica, la magia y las teorías del diseño inteligente seguramente pueden suscitar interés en otros públicos, pero no es precisamente el tipo de temas que la academia podría, fácilmente, sustentar como propios del conocimiento científico.
Del diseño inteligente a las jirafas
Cuando el padre Rincón hablaba, Darwin dio tantas patadas en su tumba de Westminster, que se escucharon en la carrera cuarta. Y no por lo que estaba diciendo el R.P. Sino por la vergüenza ajena que debió sentir con los asistentes al simposio conmemorativo de sus doscientos años, en Bogotá.
No digo que el tema religioso haya sido históricamente ajeno a la teoría de la evolución; opino que hoy resulta improcedente para la pedagogía científica sobre la cuestión evolutiva. Asunto superado. La biología no duda sobre el valor del pensamiento de Darwin, y considera que el homo sapiens que ahora somos es el resultado de otros homínidos que fueron evolucionando, por selección natural, a través de los siglos.
La teoría del diseño inteligente ha sido un invento tan traído de los cabellos, que hasta la propia Iglesia Católica lo ha considerado “una teología pobre y una ciencia pobre“. Lo dijo Marc Leclerc, el jesuita presidente del Congreso “Evolución biológica: hechos y teorías; una valoración crítica 150 años después de ‘El origen de las especies’) cuando le propusieron que Benedicto XVI avalara la teoría del diseño inteligente.
El discurso que el Papa iba a ofrecer en la Universidad de la Sapienzia de Roma, cuando lo invitaron a hablar sobre Galileo, no era tan malo, según algunos comentaristas que conocieron el documento, que finalmente envió el señor Ratzinger a la universidad. Pero algunos profesores y estudiantes se opusieron a la visita, con el sencillo argumento de que ese no era el escenario para un representante institucional de una religión. Y puesto que la discusión sobre el geocentrismo era un asunto tan superado que volver a escuchar las disculpas de la clerecía sobre lo mal que se portó la institución con Galileo, resultaba simplemente una pérdida de tiempo.
El que sí se refirió a Galileo en el coloquio de la Tadeo fue nuestro monseñor, quien dijo algo así como que era menos grave o menos malo que Darwin. En fin.
La equivocación de la universidad cobra, a mi juicio, mayor sentido si se tiene en cuenta que una de las cosas que está pasando hoy en Estados Unidos, es que muchos condados (Texas, Pensilvania, otros) han tenido que incluir en sus programas públicos de educación, la teoría del diseño inteligente. Es otra de las bellezas que la sociedad norteamericana le debe a George W. Bush.
Este columnista pide a Zeus que impida que los funcionarios de este gobierno se enteren de esto, no sea que se apresuren a zamparnos el diseño inteligente, en las clases de biología de las escuelas públicas.
Pero el resto del simposio fue muy bueno.
La conferencia inaugural corrió a cargo del doctor Llinás, que aunque patinó en una de las preguntas que le dirigió un agudo asistente, dejó en el aire la sensación de que los colombianos tenemos suficientes razones para sentirnos orgullosos de sus aportes a la neurobiología, aunque no siempre entendamos sus explicaciones. El doctor Llinás se esfuerza por llegarle a la gente con una manera amable de comunicar su ciencia, y ha desarrollado una sugestiva técnica compuesta de buen humor y frases efectistas, que acaban haciendo su trabajo. Pero su técnica no descarta acudir a la galería cuando alguna pregunta le transmite cierta dosis de veneno. Y la galería, por supuesto, le responde.
Fue lo que ocurrió cuando un asistente puso el dedo sobre su aserto “las jirafas son inevitables“, idea mal construida según el asistente. Que había sido una de las frases que el científico escogió para empezar su charla. Y como la respuesta estuvo matizada por la mezcla de efectismo y buen humor, la galería, en medio de los aplausos, se quedó sin saber por qué las jirafas son inevitables.
Fuente: www.razonpublica.org.co
*Director del Centro de Pensamiento y Aplicaciones de la Teoría del Caos, profesor, investigador y columnista.

